Purgatorio del rencor, la vida serena en un cuento macabro

I

Siempre me gustó desafiar al peligro, en fin que soy del tipo que se lanza como le da la gana al arrollo vehicular sin siquiera mirar mientras los autos se detienen temerosos. Me solía subir en los edificios más altos y me quedaba ahí colgado en los últimos pisos sin que me escurriera una gota de sudor frío. Soy aficionado a todos los deportes extremos y también los de combate cuerpo a cuerpo. Incluso varias veces me he metido al ruedo con toros de más de media tonelada, no es que me gusten las corridas, es sólo que me gusta arruinarles la fiesta a los toreros; hasta ahora me he librado por puños y piernas de guardias, policías y hasta soldados.

Nunca huí de ninguna apuesta, siempre llegaba tarde a la escuela y para los exámenes empleaba las más tramposas estrategias sin que nadie me descubriera. No puedo decir que no he vivido la vida al máximo y a menudo al borde de la muerte. Todo esto sólo lo digo pues considero necesario que sepan la clase de alimaña que de todo corazón les está hablando.

No me asusta nada de este mundo, pero eso sí les digo y pongo la mano en el fuego, nunca más en la vida quiero encontrarme de nuevo con un fantasma, espíritu o difunto del más allá, como quieran llamarle. Y no se rían que no lo digo de broma y sí que se me pone la carne de gallina, porque ustedes dirán que han visto muchas cosas pero estoy seguro que nunca han vivido una experiencia tan estrujante como la mía, que no es que me haya pasado, sino que es una maldición para toda la vida.

II

Me metí con este amigo que me había invitado a entrar bien de noche al panteón donde dice que está enterrado su abuelo con el que quiere saldar algunas cuentas, que nada más quiere, como suele decirse, “mentarle su madre”. Pero resulta que no sabe en dónde se encuentra exactamente, aquí es donde me invita para que lo acompañe en esta búsqueda que promete adrenalina y también, me dice, que para cuidarnos las espaldas.

Yo no era creyente ni mucho menos, a mí me interesaba más la onda de meternos a esas horas con el peligro de ser descubiertos, pero este mi amigo bien que creía y esperaba de corazón pararse frente a la tumba de su abuelo y decirle bien de cerca todas esas fuertes palabras que traía en el pecho. Mientras vamos recorriendo el cementerio me doy cuenta, porque me lo va diciendo al irse encontrando con los nombres en algunas tumbas y criptas, que en este lugar está enterrada buena parte de su familia. Mientras él iba cada vez más enojado preguntándole a su parentela que dónde andaba el abuelo, yo estaba pendiente de cualquier ruido o linterna que pudiera estar tras nuestros huesos.

No llegamos a dar nunca con la dichosa tumba y aquel desesperado se puso a gritarle al abuelo sus “mentadas de madre”, más o menos ahí en medio del camposanto. Curioso el caso, mientras le gritaba al abuelo también se estaba grabando, celular en mano. No hubo ninguna respuesta. Yo pensaba que era de esperarse que no lo encontráramos siendo un sitio tan grande. Pero también me sorprendía que en todo el tiempo que pasamos ahí nadie nos hubiera molestado, pasó todavía un rato más mientras mi amigo pudo tranquilizarse.

III

Fue entonces cuando vi aquella silueta fulgurante que se perdía entre las tumbas. Él no la vio, así que con calma le pedí a mi amigo que guardara silencio mientras se adelantaba por el camino de salida que ya teníamos trazado; yo me iba a quedar para distraer la atención y salir por otro lado. “Nos vemos donde quedamos”, fue lo último que me dijo antes de irse y yo me quedé por ahí un rato para ver quien era el que andaba por ahí con aquella luz brillante.

No pasaron ni cinco minutos cuando la vi nuevamente y alcancé a distinguir por dónde se metía; para estas alturas me quedaba claro que no era ningún vigilante. Ni lo pensé, me fui directo por aquella pequeña calzada que daba en una cripta por donde la silueta que aunque no lo podía distinguir bien, ni mucho menos creer, parecía una niña que caminaba iluminada por la luz de un teléfono o al menos eso pensé para darle sentido. Finalmente llegó a aquella cripta y la luz se fue.

Salí de donde me había escondido para verla pasar y me acerque a aquel lugar que llevaba el nombre de quien ahí descansaba, del que hasta ahora ni puedo ni me quiero acordar. Lo que sí recuerdo es el apellido, era una pariente de mi amigo que murió por ahí de los catorce años. No pasó más nada y entonces me fui de aquel lugar.

IV

No encontré a mi amigo donde habíamos quedado, intenté llamarle pero no contestó, yo imaginé que por aquella catarsis en la que tal vez todavía se encontraba, así que sin más decidí irme a casa a descansar, extrañamente comenzaba a sentir cierta revoltura en el estómago. Cuando iba llegando a casa recibí un mensaje de su teléfono, me di cuenta de que era un video así que esperé para mirarlo adentro.

Era exactamente aquel momento donde se puso a gritarle a su a abuelo en el cementerio, para ese entonces yo tenía ya muchas ganas de ir al baño y sin embargo mientras veía el video me llamó la atención no precisamente lo que mi amigo gritaba, sino otros gritos de fondo que para nada habíamos escuchado. Se hacían más definidos y chillantes como si se fueran acercando. “Ya lárguense” se alcanzaba a escuchar en ese aullido que se percibía más claro en los momento del video en que mi amigo se quedaba callado.

Ya estaba yo entrando al baño dispuesto a llamarle y preguntarle por esta broma, mi estómago seguía retorciéndose mientras me sentaba en el inodoro. Me sentía explotar con cada uno de los gritos que salía de mi aparato celular. Y fue entonces que la volví a ver, aquella jovencita estaba en frente de mí, mirándome desde el espejo para lanzarse desde ahí directo al cuello, hundiéndome en el wc.

De ese día no podré nunca olvidar lo que viví adentro de ese mundo construido de lo más abyecto y asqueroso del infierno. Entre aquel torbellino me encontré nuevamente con el amigo, desnudo, embarrado hasta los ojos, llorando con rabia. Su prima, la nieta consentida de aquel abuelo, quien tras su muerte se quitó la vida de tristeza hundiendo la cabeza en su taza de baño, como agujas punzantes su voz sin sonido me mostraba las imágenes de su triste historia, ella dominaba aquel espacio monstruoso. Entre las sensaciones indescriptibles en mi cuerpo sólo tengo claro mi esfuerzo hasta el desmayo por salir de ahí. Luego lo negro. Después despierto llorando en la sala, mis pantalones sucios de orina y excrementos.

Pensé que habría sido sólo una pesadilla, intenté entrar al baño a lavarme pero ahí estaba ella mirándome desde el espejo. No importaba el tiempo que esperara para poder entrar otra vez, siempre estaba.

V

De mi amigo nadie supo nada, de lo que hicimos aquella noche yo no podía hablar. Me intenté cambiar de casa, lo hice varias veces, incluso algunas con bendiciones y limpias espiritistas. Me he acostumbrado a los sanitarios de los restaurantes, a los baños donde uno paga para poder darse una ducha caliente, a botellas y cubetas en rincones de la recámara que saco por la noche para tirar en alguna alcantarilla. Procuro seguir sin miedo sobre las cosas de este mundo, aunque ahora sí que tengo más respeto por lo que no vemos ni escuchamos. Aún así ella siempre me espera, mirándome desde el espejo. Yo simplemente no quiero que vuelva a llevarme para el otro lado.



Imágenes originales

 


@LeVeuf


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