La fiesta de cumpleaños


Nunca me han gustado los cumpleaños, ni los míos y ni los de los demás, nada de ese barullo alegre de felicitaciones me hace feliz. Mucho menos que me organicen fiestas, se podrán imaginar. Hoy no sé si eso podrá ser mi condena o mi salvación. Sabía que no debía haber salido de mi casa aquella noche en que me invitaron al Pipiripau.

Se celebraba el cumpleaños de un amigo del trabajo, una noche entre semana, nada particular. Había que llegar al lugar para tomar un par de cervezas y supuestamente “mover un poco el bote”, cosa que nunca me ha gustado por lo demás. Pero ahí salgo esa noche dispuesto a acompañar un rato a mi amigo a esta celebración por la que lo veía tan emocionado. Me preocupaba más bien la jornada laboral al día siguiente desde temprano.



Me convencí de que hacía falta salir y me costó trabajo, lo irónico es que fui el único en llegar temprano. Cuando pensaba irme lo más rápido posible, ya había transcurrido casi una hora y no llegaba ni el festejado y además mi primera cerveza ya se me estaba terminando. Esperé por el mesero para pedir la cuenta cuando de repente llegó pero con otra cerveza. Me dijo que me la mandaba una dama de otra mesa. Según él me dijo dónde, pero entre tanta gente y luces no alcancé a ver nada y el mesero ya estaba lejos perdiéndose por una puerta.

Llegó por fin mi compañero, todo era algarabía, así que se me olvidó que ya pensaba retirarme. Mientras tanto iban llegando los demás de la oficina con su respectivos “colados” a la fiesta, bastante gente se juntó para ser media semana.



Me empezaba a parecer ahora sí hora de marcharme y como aquel mesero no paraba de dar vueltas, menos por nuestra mesa, me dispuse a ir a la caja para pagar mi cuenta. No sé cómo en el camino, algo o alguien me dio un empujón y fui a dar directo a la pista de baile, a donde Ella me esperaba para jalarme de la cintura y darme un par de vueltas. Me llevaba entre los pasos de una música tropical pero oía perfecto lo que me susurraba al oído.

—Ya te vas y ni siquiera me has agradecido la cerveza.



No sé cuanto tiempo bailamos, si fue mucho o poco, yo sólo alcanzaba a mirar de Ella sus largos cabellos negros, sus ojos grandes y amielados, casi de un dorado que se veían como fuego con las luces de la pista. Y no sé cómo decirlo, pero me era muy clara la sensación del latir de su cuerpo. Así como entré en la pista, en una de esas vueltas que me estaban embriagando todo lo que no lo había hecho la cerveza, de otro empujón terminé a fuera, justo frente a la puerta que da a la caja. Ya no pude más verla aunque me metí de nuevo entre los que bailaban antes de ir por fin a pagar mi cuenta.

Me despedí de los amigos y también de paso de los que no lo eran. Ya de camino a mi casa sentí primero un viento helado que me hizo detenerme, estaba sudando, luego nuevamente escuché muy claro lo que Ella me dijo.

—¿Te gustó mi danza? Tal vez te visite después. Voy a regresar a la fiesta.



Nadie había en la calle, sólo yo, lo pude comprobar asomándome por cada puerta, entre cada auto, así que sin más me regresé a mi casa corriendo.

Toda esa noche tuve sueños febriles en donde estaba con Ella, aunque todo se anunciaba placentero en determinado momento el sueño se volvía gris y doloroso y Ella se había esfumado. Fue una noche de sueño intermitente que me causó estragos al siguiente día . Pero aquella no fue la única ocasión, cada que sueño con Ella me susurra, entre gustos y tormentos, que me va a hacer una fiesta de cumpleaños.



Ya les había dicho que no me gustan los cumpleaños y ahora lo que más odio de ellos es que no puedes evitar que llegue el día. No sé que es lo que pueda hacer para escapar, sólo me queda esperar lo que Ella me tenga preparado para hoy. Si la dicha o el penar eterno.



Fotografía y edición digital de autoría propia.

Fotos tomadas con: Global Nokia 2.1



@LeVeuf


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