Crónica del proyecto Maldonado | (Parte I)

I

El secreto en la caja


¿Cómo comenzar a contarte todos esos secretos que siempre has querido saber desde que te encontraste con esta caja? —Se preguntaba Ana frente a su hija mientras le servía el café—. En la memoria se me confunden algunas cosas, aunque por más que he querido no lo he podido olvidar, todo eso fue hace ya como treinta años. Tú ahora ya tienes treinta y tres. Vivíamos en otro país, era yo más guapa y mucha gente me tomaba fotos; un par de fotógrafos un tanto famosos incluso expusieron trabajos conmigo como modelo, fue en alguno de esos eventos donde lo vi la primera vez, Eugenio Maldonado. Ya que insistes te voy a contar el momento más horrible de mi pasado.

Ana se levantó de la mesa, no encontraba como calmar el temblor en sus manos, caminó hacia su hija para acariciar su cabello un momento. ¿Estás bien mamá? Podemos dejarlo para otro día —sugirió la hija—, yo sólo quiero saber por qué ni siquiera te has deshecho de ella. Ana ya había decidido quitarse ese peso de encima con la única persona con la que habría podido compartirlo. Estoy bien, hablar contigo me va a ayudar. Juntas podremos decidir qué es lo que va a pasar con lo que hay dentro de esta caja —contestó la madre ya un poco más relajada.

Cuando se acercó no tenía certeza de cuáles eran sus intenciones, aunque su cortesía excesiva y su plática daban muestras de que tenía un interés distinto al habitual de los hombres. Yo estoy segura que había averiguado mucho de mi vida antes de tener contacto conmigo, porque rápidamente me envolvió en aquel supuesto proyecto que tenía. Sin embargo después, aunque pregunté mucho, no encontré a nadie cercano que lo hubiera conocido. Quería hacer una sesión de fotos de muebles antiguos que tenía, cinco sillones de distintas épocas, sólo me dijo que habían pertenecido a generaciones sucesivas de una familia importante que no me diría por motivos de privacidad. El trabajo era bastante sencillo, era tomarle fotos a él sentado en cada uno de los sillones. Me preguntó si sabía quién estaría interesado en el trabajo y yo estúpidamente le dije que yo lo podría hacer, no lo pensé ni un instante.

Quedamos de vernos en una primera cita en la que quería exponerme más a fondo su “proyecto”. —Seguía platicando Ana mientras miraba por la ventana el cielo de la tarde— Me dijo que las sesiones serían cinco, una para cada mueble y que él me avisaría con tiempo las fechas y entonces programamos de una vez la primera. Todo era normal hasta que dijo cuánto quería pagarme, era una cantidad exorbitante tomando en cuanta que yo no era ninguna profesional, incluso le dije que mi cámara no era muy buena. Me dijo nuevamente del asunto familiar privado y que el proyecto era seguro pues ellos estaban muy interesados, no se trataba de calidad artística, sino de la plena confidencialidad. Para cerrar el trato me pagó al momento lo correspondiente a la primera sesión. Yo al ver que de inmediato saldría de todas mis deudas acepté, firme sus recibos y nos despedimos. Tú para ese momento no vivías conmigo y yo estaba peleando tu custodia y pagando abogados. Con ese dinero me sentía segura de poder ganar la demanda a tu padre. En realidad no tenía idea de nada.



Nunca me habías dicho eso, tú me dijiste que papá murió en ese accidente en su coche —comentó la hija extrañada—, dijiste que por eso tuvimos que venir a vivir aquí, para que tú encontraras un buen trabajo. Tú padre fue un buen hombre, su amor por ti era muy grande y yo he estado en deuda con él por haberte mentido todo este tiempo —respondió Ana angustiada y sin poder mirarla—. Déjame terminar de hablarte sobre esta caja, comprenderás lo que hice para protegerte y todo lo que me ha costado. ¿Está vivo mi padre? ¿Dónde está? —Preguntaba la hija—. ¿Has estado en contacto con él? ¿Tienes forma de comunicarte? Tú padre murió, pero fue de una manera muy horrible en medio de los acontecimientos cuya memoria se encuentra encerrada en esta caja —contestó Ana después de un momento de profundo silencio.

¿Qué me estás diciendo? ¿Cómo fue que murió mi padre? —Preguntaba la hija cada vez más agitada—. ¿Por qué me mentiste? Ana quiso abrazar en ese momento a su hija quien safándose bruscamente se fue a encerrar en el baño. Estuvo un tiempo tratando de calmarla desde afuera mientras escuchaba su llanto. Finalmente, sin poder entrar ni hacer nada desde afuera, Ana se decidió a pedirle que la ayudara a abrir y mirar juntas lo que había adentro de la caja, le dijo que la necesitaba más que nunca. Abre esa caja mamá —fueron las palabras de la hija cuando pudo salir más tranquila del baño.

Pasaron abrazadas un rato antes de ir a la mesa donde estaba colocada aquella caja. Aunque sus manos seguían temblando, Ana logró abrir el candado que la mantenía cerrada, respiró profundo y por fin abrió la caja. Ana palideció al instante al ver lo que estaba adentro mientras que su hija miraba aquello con total fascinación, comenzaba a sentir que se le revelaban de manera más vívida los sucesos que le había comenzado a contar su madre. Estaba a punto de meter sus manos en la caja cuando Ana reaccionó al instante.

—Por favor nunca, la toques.

La hija contuvo su impulso mientras seguía mirando el objeto dentro de la caja. Madre, ¿es esa la cámara fotográfica que utilizaste en las sesiones de las que me hablaste? —Preguntó la hija con una voz pausada—. Sí, esta es la cámara —respondió Ana—. Acabo de ver los cinco sillones rojos a los que les tomaste fotos. ¡No! ¡No! ¡No es posible! —Respondió Ana agitada mientras cerraba de nuevo la caja.

Madre, en esos sillones también estaba sentada yo. Me acabo de mirar hace un instante o tal vez lo recordé —dijo la hija, la mirada perdida—. Sí, hija, ahí estabas tú —respondió Ana, cerrando los ojos.



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