Crónica del proyecto Maldonado | (Parte III)


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III

Acuerdo de confidencialidad


Sabía que de alguna manera Maldonado estaría conectado con los crímenes que tenían de cabeza a la ciudad y ya se habían vuelto noticia nacional —recordaba Ana— pero no podía estar segura solamente por unas posturas extrañas. Había llegado el día de la siguiente sesión y yo me encontraba bastante ansiosa. Me propuse tomarlo con calma sobre todo considerando la suma de dinero que estaba ganando con esas fotografías. Pensé que sería buena idea corroborar que lo que hacía Maldonado correspondía a las imágenes de los asesinatos o si sólo era mi idea. Compré un periódico con varias fotos del último asesinato, si todo coincidía, Maldonado estaría realizando estas posturas en su sillón durante nuestra sesión fotográfica, si no, tendría nuevamente oportunidad de respirar tranquila y dedicarme de lleno al proyecto, que para mí significaba poder recuperarte.

—¿Qué pasaba con las fotos que ibas tomando? —Preguntó Cecilia— ¿No pensaste en mostrárselas a alguien? La voz de la hija tenía un cierto tono de interrogatorio que a Ana comenzaba a sonarle extraño. —No podía —respondió finalmente—, el propio Maldonado me había pedido entregarle hasta el final el paquete de fotos y por otro lado yo no me había encargado hasta ese momento de conseguir un estudio donde realizar el revelado, él me había condicionado a hacerlo manualmente y de preferencia con alguien de mi confianza. —¿No sentiste ni siquiera un poco de miedo de ir a la siguiente sesión? —preguntó Cecilia— Pudiste haberle pedido a tu amiga que te acompañara nuevamente. —Como te dije, no estaba segura de que lo que sospechaba fuera cierto o si me había contagiado yo también de la histeria colectiva por los asesinatos.

Después del último sorbo a la taza de café, Ana se disculpó un momento pues necesitaba ir al baño. Quería también respirar un poco, los sucesos se arremolinaban en su cabeza en medio de una ansiedad creciente por las distintas reacciones que su hija había tenido a lo largo del encuentro. No sabía qué pensar de todo eso pero para este momento no podía tampoco detenerse. Le resonaba la pregunta que le había hecho anteriormente Cecilia, ¿por qué no se habría deshecho de esa caja con todo lo que contenía? Venían a su mente las veces que pensó en hacerlo y siempre surgía alguna situación apremiante que la hacía distraerse del intento, así habían pasado los años sin poder separarse de ella. Le pareció descubrir que en cada uno de estos eventos estaba involucrada Cecilia, como aquella vez que se cortó la mano con las tijeras y tardó tanto tiempo en recuperarse o esa otra en que el llamado del director del colegio le alertó de ciertas actitudes de indisciplina que la niña estaba presentando en el aula. No quiso seguir indagando en esa linea de pensamientos. —Es mi hija —dijo para sí misma—, todo mi mundo se relacionaba con ella. Abrió la llave del agua para mojarse un poco la cara y por fin salió del baño.

Cuando llegó al comedor se dio cuenta de que Cecilia ya no estaba en la mesa, tampoco estaba la caja con la cámara fotográfica, al voltear la mirada para buscarla alcanzó a ver el movimiento de Cecilia que se encontraba tras ella, habría jurado que se encontraba de frente a una de las paredes, con el cuerpo haciendo presión contra esta. Ana terminó de girarse hacia ella pero Cecilia estaba de frente mirando a su madre, quien tras un silencio en el que regresó el temblor en sus manos, se atrevió a preguntar —¿Dónde está la caja? A lo que la hija respondió levantando lentamente la mano y señalando la mesa, estaba en el mismo lugar, frente a la silla en la que Ana había estado sentada.



—Debes terminar de contarme la historia encerrada en esas fotografías, mamá —decía Cecilia con voz calmada—. Tienes que liberar esa carga que tanto te ha atormentado todo este tiempo. ¿Qué pasó en tu sesión con Maldonado? ¿Hizo su ritual con las posturas de las imágenes de los asesinatos o fue sólo tu imaginación la que te estaba haciendo bromas macabras? —Cecilia, ¿qué te pasa? —Preguntó Ana angustiada— ¿Por qué me hablas de esa manera? Cecilia con una sonrisa conciliadora que buscaba tranquilizar un poco a su madre, le dijo de aquella misma manera pausada —No es nada mamá, es sólo que ya me tienes muy intrigada. Ven, no estés nerviosa. Siéntate, sígueme platicando —le decía mientras la llevaba de la mano nuevamente a la mesa.

—Ese día Maldonado hizo exactamente las posturas del último cuerpo que habían hallado —se atrevió por fin a continuar Ana, decidida a terminar por fin aquel trago amargo—. Ya no tenía ninguna duda de que estaba plenamente relacionado con aquellos crímenes, él o la supuesta familia a quienes pertenecían los muebles que estábamos fotografiando, probablemente eran los dueños también de aquella casa. No pude esconder mi nerviosismo durante la sesión, me preguntó si me encontraba bien, continuaba con su trato seco y formal, incluso me propuso continuar la sesión al día siguiente. Yo no quise dar ningún motivo de desconfianza así que le dije que podíamos continuar. Me dijo que cualquier problema que tuviera que no dudara en comunicárselo. Él, que casi no hablaba me sorprendió comentando que entendía que la ciudad era un caos por las noticias de los crímenes, me dijo que esperaba que todo estuviera bien conmigo y mi familia. Aunque sentí un sudor frío en la espalda, yo no le respondí nada, sólo le pedí que continuáramos. Las siguientes tomas, durante sus posturas en el tercer sillón no dejaba de mirarme, aunque parecía tranquilo, su mirada era penetrante. Terminamos la sesión y me dijo que hasta ahora no sabía cuando continuaríamos, que me hablaría por teléfono para agendar una fecha próxima, me pagó y me fui lo más rápido que pude.

—Unos días después —continuó Ana— me encontré con el abogado que estaba llevando mi demanda, me dijo que debería dejar un tiempo mi caso pues una de las familias de las víctimas de los famosos asesinatos había contratado sus servicios como investigador, ya que la policía simplemente no había podido encontrar ninguna respuesta hasta el momento. Estaba por recomendarme con un colega suyo y yo no sé si para no perder sus servicios o por la presión y angustia en las que me encontraba en ese momento dije como por inercia que yo sabía donde vivía el asesino. El abogado cerró la puerta de su despacho, me sirvió un vaso con agua y se sentó en el sillón de su escritorio. Me preguntó qué era lo que yo sabía. En ese momento se rompió toda la confidencialidad que hasta el momento había guardado sobre el proyecto de Maldonado.



Edición digital a partir de las siguientes fuentes como referencia:

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@LeVeuf




Este trabajo por Miguel Ángel Canto está bajo una licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial 4.0 International License
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