Crónica del proyecto Maldonado | (Parte V y final)


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V

Cierre del contrato


—Durante el desmayo tuve las peores pesadillas que he tenido en mi vida —siguió recordando Ana—, nunca había sentido la asfixia que sentí durante esos sueños. Desperté desorientada, llorando. Poco a poco fui recuperando la conciencia de la situación, recordé el noticiero, el sobre del Licenciado Chavez, la llamada de Maldonado y tu voz asustada por el teléfono. Al fin encontré mi reloj, estuve más o menos dos horas inconsciente. Intenté llamarle a tu padre para saber qué había pasado, si sabía donde estabas, aún tenía la esperanza de que tú estuvieras con él. Nadie me contestó. Salí corriendo a la calle a buscar un taxi, eran casi las tres de la mañana.

—Más o menos como a esta hora —respondió Lucía mirando tranquila su teléfono—. Te diste cuenta de todo el tiempo que hemos pasado hablando de tu misteriosa caja. Mientras tú hablabas has ido despertando mis recuerdos, tantas cuentas pendientes, mi rabia. Dejaste pasar muchos años sin devolverme lo que me hacía falta, nunca debiste dejar tanto tiempo pendiente el proyecto Maldonado.

—¿Con quién crees que hablas? No puedo saber qué te pasa, ahora me arrepiento de haber abierto la caja, desde que lo hice te estás poniendo cada vez más extraña —respondió Ana parándose de la mesa.

—Discúlpame madre, debe ser todo este asunto que me tiene un poco nerviosa. No he querido ofenderte, es sólo que quiero saber de una vez qué pasó conmigo en aquella casa. ¿Qué fue de mi pobre padre? —Respondió Lucía tratando de sonar conciliadora—. Solamente necesito que te concentres y termines de contarme los últimos detalles de tu última visita a la casa de Maldonado.

Ana se levantó de la mesa, fue hacia el sofá donde estaba Lucía y se hincó a su lado para mirarla de cerca a los ojos. —Todo lo que hice ese día, lo hice por ti, muchas veces han venido a visitarme los remordimientos, los recuerdos imborrables de aquella noche horrible. Quiero que escuches esto desde el fondo de tu alma, todo lo volvería a hacer sin dudarlo para salvarte —dijo Ana con voz profunda mientras sostenía firmemente las manos de su hija.

—Llegué a la casa de Maldonado finalmente, tenía en la mano la cámara fotográfica y todos los rollos en mi bolsa. Debió haberme visto llegar pues ya estaba a la puerta. “Querrás ver a tu hija”, fue lo único que me dijo mientras me hacia pasar confirmando que nadie me había seguido. Entre corriendo por esos pasillos que ya se me hacían familiares, me fui directamente al salón de los sillones. Entonces me encontré con la escena infernal que Maldonado había dispuesto. Tu padre estaba amarrado en el quinto sillón, el más antiguo. Estaba desnudo, el cuerpo lleno de golpes y heridas sangrantes, tenía el rostro completamente morado. Para ese momento, aunque con mucha dificultad, todavía respiraba. Tú estabas sentada en la silla de enfrente, cuando me acerqué a ti, te fuiste corriendo.

—Lo recuerdo perfectamente —dijo Lucía con voz indiferente—, me fui a esconder a espaldas de Maldonado.

—Él me dijo “No te espantes, lo único que tienes que hacer es terminar tu trabajo”. Yo le grité “Asesino, devuélveme a mi hija”. Me dijo que si te quería viva lo único que debía hacer es tomarle las últimas fotos junto al cuerpo de tu padre en el momento exacto en que muriera. “Todo habría sido más fácil”, me dijo, “si no hubieras roto tu pacto de confidencialidad con aquel abogado”.

—Entonces yo comencé a gritar ¿no es así, madre? Mientras Maldonado te ordenaba que prepararas todo para las fotos.

—Todavía recuerdo esos gritos y la poses que Maldonado estaba haciendo encima de tu padre. Perecía un animal carroñero, seguía rasgando su piel con las uñas y los dientes. Comenzó a gritar cosas extrañas.



—Estaba llamando a sus ancestros —dijo Lucía—, pero algo pasó en ese momento, ya no puedo recordar más, madre, a partir de aquí comienzo a ver negro. —Al decir esto, la hija se levantó del sofá y caminó lento hacia la mesa donde estaba la cámara—. Debes haber capturado todo en estas fotos.

—En ese momento tú perdiste el sentido, fue el mismo instante en el que murió tu padre.

—¿Qué fue lo que hiciste en ese momento, maldita? —La voz de Lucía era irreconocible—. Aunque te quedes callada sabes muy bien que es muy tarde, tenía que llegar este momento, ya no puedes hacer nada.

—Claro que voy a terminar de contarte, no te desesperes. Maldonado comenzó a sudar, todo su cuerpo temblaba, entre todos sus gruñidos podía entender que me decía “dame mis fotos maldita”. No sé cómo llegó a mí el valor para enfrentarlo, pero aquello que para mí fue una inspiración del cielo dio resultado. Le dije que si le importaban tanto sus fotos que viniera por ellas ahora. Había yo tomado algunos de los rollos sin usar, los fui sacando de su cubierta y tirándolos al suelo. Maldonado corrió desesperado a cubrirlos con su cuerpo, quería impedir que se velaran. Gruñía y lloraba en el suelo, no vio cuando venía yo a golpearlo con ese cenicero de mármol que tenía sobre la mesa de centro. No sé cuántas veces azoté aquella cosa en su cabeza. Recuerdo el sonido que fue de lo hueco y seco al chasquido húmedo de los golpes sobre esa masa informe de huesos, sangre y pellejo. Luego llamé a la policía, pedí una ambulancia. Tú, hija, eras lo único que me importaba.

—Tú me mataste tratando de salvar unos falsos rollos fotográficos —sonaba rota la voz de Lucía—, pero eso sólo fue un reflejo, una reacción por inercia de aquel cuerpo que fue Maldonado. Mi ritual tenía mucho de haber terminado, tú tan sólo retrasaste el resultado. Hoy, con estos rollos en mis manos, mi prisión llega a su fin, ya toda mi memoria está completa, mi obra ha culminado, puedo vivir nuevamente en el cuerpo de tu hija. Ahora tú serás mi siguiente presa, daré por concluido tu contrato.

No había terminado de hablar Lucía con la voz de Maldonado cuando Ana clavó por su espalda un filoso abrecartas que tenía guardado en la mesita de la lámpara junto al sofá en el que había estado hincada. Fueron varios golpes, como lo había hecho antes con Maldonado. Lucía cayó al piso, quería hablar pero Ana terminó por cerrar con la punta plateada su garganta.

—Te advertí que lo volvería a hacer si se trataba de salvar a mi hija.

Ana se quedó abrazando el cuerpo de Lucía por largo rato mientras moría. Luego se levantó tomó la cámara y con movimientos maquinales la destrozó contra el piso. Uno a uno veló los rollos. Se sentó un momento a contemplar su obra. Luego tomó su teléfono y llamó a la policía. Luego de que la operadora le preguntara cuál era la emergencia, Ana contestó con una voz hueca:

—Acabo de matar a mi hija.



Edición digital a partir de las siguientes fuentes como referencia:

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@LeVeuf




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