Fábula del chile

Las tardes del llano eran todo risas entre los frutos dulces con las verduras, deleitándose entre un mar de colores bajo el sol y la brisa, desbordando galanura a la orilla de un jugo o de un caldo. El orgullo mayor era ponerle buen sazón al plato. Y así pasaban sus días tiernos y maduros desde la flor al bocado.

Nunca vieron con buenos ojos al chile inquieto, preferían que se mantuviera lejos sin siquiera permitirle juntarse con los condimentos. Nadie quería saber de su fuerte carácter o su ánimo tan intenso. Vivía el chile solo, nadie lo invitaba ni a envolverse en un taco. Así pasaban los años sin que ningún fruto extraño se colara en las recetas de los guisados.

Como suele ocurrir, llegaron tiempos infaustos, la población enfermaba y dejaba de ocuparse de los cultivos del llano, pues aunque cada uno presentó el argumento de sus cualidades como remedio, ninguna legumbre, verdura o fruta podía combatir el padecimiento. En pocos días todo eran tragos de tristeza y un cielo de color amargo.

Viendo cómo todo sucumbía, vino el chile a decir a los que quedaban, “Yo puedo acabar con esto, sólo necesito que se animen a darme un abrazo, vamos, no tengan miedo”. La cebolla que era otra solitaria fue la primera en acercarse. De su amistad nació una sopa que al principio puso rojos a todos, luego calientes y llorosos para finalmente dejarlos sonrientes. Poco a poco la población saltaba de la cama, buscando refrescarse la boca sólo para experimentar de nuevo aquel sabor tan fuerte.

Volvió a florecer este llano y ahora gracias a que todos son amigos del chile, su fama ha recorrido el mundo y ya van sembrando parientes que se ponen a la mesa en cualquier ciudad y también en los campos.


Ilustraciones originales



@LeVeuf



Este narración e ilustraciones por Miguel Ángel Canto están bajo una licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial 4.0 International License
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